Monsieur Pipí – MILENIO

La capital francesa instaló varios urinóis en la Gare de Lyon que, además de ser la ciudad más limpia y libre de malos olores, también son amigos del medio ambiente porque transforman la orina en fertilizante.

La alcaldía de París ha tomado medidas para proteger a la ciudad de la pipí de sus habitantes. La multitud que orina en las calles de París, en un rincón, detrás de un poste, recargado contra la pared simulando un mareo, deteriora, según información de dicha Alcaldía, no solo el mobiliario urbano, también las piedras de los edificios y el pavimento. Hasta hace unos días, para combatir los estragos de la orina, había una brigada de cientos de trabajadores municipales que salían muy temprano a paliar los daños materiales, pero también estéticos y olfativos.
La pipí en la calle ha sido un problema de las ciudades desde el principio de la civilización: antes de los retretes la gente orinaba en una bacinica y al terminar arrojaba el contenido por la ventana. Dicen los que saben que el famoso grito “¡aguas!”, que se utiliza para advertir a alguien de un peligro, viene de aquella época en la que las aguas salían volando por la ventana, y quién las había producido gritaba “¡aguas!” como una atención para sus vecinos.
En Chester, en el noroeste de Inglaterra, la autoridad ha diseñado un operativo para evitar que la gente se orine en las calles, que están pavimentadas con una piedra medieval que, a fuerza de siglos y siglos de recibir la pipí de muchas generaciones de chestersenses, empieza ya a desintegrarse.
Pero regresemos a París. Para reconducir los orines, y aprovechar lo que tienen de bueno, Fabien Esculier, un ingeniero experto en el tema de la pipí callejera ha echado a andar, en varias calles conflictivas de la ciudad, la instalación de un mueble que lleva el nombre de uritrottoir, que viene de la combinación de las palabras francesas urinal (orinal) y trottoir (banqueta). El uritrottoir le ha valido al ingeniero Esculier el sonoro apodo de Monsieur Pipí, el hombre destinado a erradicar los orines de las calles de la ciudad, ese manchón creciente que los parisinos denominan les pipis sauvages, “los pipís salvajes”, porque el olor y el aspecto son francamente una salvajada.
El invento de Monsieur Pipí es una especie de caja, de unos 60 centímetros de altura, de diseño coqueto y cuatro rueditas para que se desplace con facilidad. La caja, o cajón, está rellena de paja o de virutas de madera, y la remata una jardinera donde crece un trío de arbustos. Las flores, en un mueble para orinar, hubieran sido un exceso, en cambio el arbusto es verde, vistoso y agreste como los caballeros que harán uso del servicio.
El primero de estos muebles se instaló en el punto más conflictivo de la ciudad, desde el punto de vista de los orines, claro: afuera de la Gare de Lyon, una de las estaciones de tren de París, lo cual es una curiosidad porque dentro de las estaciones suele haber baños.
Monsieur Pipí lo tiene todo calculado, poner esos muebles por toda la ciudad sale mucho más barato que el ejército de trabajadores que se ocupa de limpiar los orines, y cada uritrottoir es más económico y efectivo que los escasos baños públicos que hay por la ciudad. Además el nuevo mueble no usa agua, es ecológico y, muy importante, tiene una pintura antigrafitti para evitar gracejos pintados o por escrito.
¿Cómo funciona este invento que ya observan con curiosidad, e incluso encargan pedidos a su fabricante, las grandes, y orinadas, capitales europeas? Muy fácil: quien tenga la imperiosa necesidad, o el deseo morboso, de orinar en la calle, en lugar de hacerlo sobre esos adoquines debajo de los cuales estaba el mar, lo hace dentro de la caja, sobre la paja o, según el caso, las virutas de madera, y listo, se sube el cierre y se va tan tranquilo.
El material sobre el que orina la clientela tiene capacidad para absorber 300 meadas; una vez que se alcanza ese número, cosa que se sabe en la central de los uritrottoirs gracias a un sistema computarizado, un solo empleado acude a vaciar la caja y a rellenarla con una nueva carga de paja o virutas. Monsieur Pipí cuenta que ya se piensa en un mueble más amplio y con capacidad para contener el doble: 600 meadas.
La masa húmeda que sale de la caja, la suma de 300 pipís de todos los calibres, se lleva a un depósito en las afueras de París, del que salen diariamente camiones cargados de composta (pipí+paja o viruta+tiempo) que servirá para abonar los parques y jardines de la ciudad.
Los uritrottoirs o mingitorios de banqueta están ahora en fase de prueba y será interesante ver si los parisinos se animan a orinar ahí, a la vista de todos, o siguen optando por el oscuro rincón de toda la vida. He escrito “los parisinos” porque, de momento, las parisinas no participan aunque, según declara Monsieur Pipí, ya se trabaja en un modelo para mujeres. No se trata de un asunto de discriminación sexual, no hay en la decisión de instalar cajas solo para los hombres ni asomo de machismo; lo que sucede es que los hombres producimos la mayor parte de los orines callejeros, así como somos los responsables de la totalidad de las guerras y de casi todos los asesinatos.

JORDI SOLER

Posted on 15 février 2017 in Espagne, Presse

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